Lola Lolita revela en ‘La Revuelta’ el peaje que pagó como colaboradora de ‘El Hormiguero’: “Empecé a ir al psicólogo”.
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Lola Lolita se ha sincerado con David Broncano en ‘La Revuelta’ sobre el mal recuerdo que guarda de su sección en ‘El Hormiguero’.

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La televisión española volvió a vivir uno de esos momentos donde el entretenimiento se mezcla con la realidad emocional, dejando al descubierto una cara mucho más compleja de la exposición mediática. La visita de Lola Lolita a La Revuelta, el programa conducido por David Broncano en RTVE, no fue una simple promoción de su festival. Fue, en realidad, una confesión que ha reabierto el debate sobre el impacto del odio digital y la presión que sufren las figuras públicas en televisión.
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La influencer acudía al programa con un objetivo claro: presentar la nueva edición de su evento “Lola Lolita Land”, un festival que ha ido creciendo hasta consolidarse como una marca propia dentro del universo digital y cultural. Sin embargo, lo que comenzó como una entrevista ligera tomó un giro inesperado cuando la creadora de contenido decidió mirar atrás y hablar, sin filtros, de una etapa que no recuerda con entusiasmo.
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Su paso por El Hormiguero, el popular espacio presentado por Pablo Motos, fue el punto de inflexión.
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Durante seis meses, Lola Lolita formó parte del programa con su propia sección, en una apuesta clara por conectar con el público joven, una estrategia habitual en un formato que lleva años dominando el access prime time en España . Pero la experiencia, lejos de ser positiva, terminó dejando una huella profunda.
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No por el trabajo.
Sino por la reacción del público.
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La influencer confesó que fue precisamente a raíz de su aparición en televisión cuando comenzó a recibir una oleada de comentarios negativos como nunca antes había experimentado. Lo que más le sorprendió no fue la crítica en sí, sino el origen de la misma. Según relató, los ataques no provenían de su audiencia habitual —principalmente joven—, sino de perfiles mucho más adultos.
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Personas de 40, 50 o incluso 60 años.
Un detalle que, en sus propias palabras, le resultó desconcertante.
“Podría ser su hija”, llegó a reflexionar.
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Pero el juicio era igual de duro.
O incluso más.
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Ese cambio en el tipo de crítica marca una diferencia clave. Las redes sociales, donde Lola Lolita construyó su carrera, funcionan bajo códigos distintos. Existe crítica, sí, pero también una comunidad más cercana, más afín. La televisión, en cambio, expone a los creadores a un público más amplio, más diverso y, en muchos casos, más exigente o menos comprensivo con los nuevos perfiles digitales.
El choque fue inevitable.
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Y tuvo consecuencias.
La influencer reconoció que la situación llegó a afectarle hasta el punto de necesitar ayuda profesional. Comenzó a acudir a terapia, un paso que no siempre se visibiliza en este tipo de relatos, pero que refleja la dimensión real del impacto emocional.
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No se trata solo de comentarios.
Se trata de desgaste.
De presión constante.
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De la sensación de estar siendo evaluada por una audiencia que no siempre entiende el contexto en el que uno se mueve.
A pesar de todo, su discurso no fue de rechazo absoluto.
Habló de aprendizaje.
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De crecimiento.
De una experiencia que, aunque dura, le permitió entender mejor el funcionamiento del medio y su propia exposición pública.
Pero también dejó claro algo.
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No todo vale.
“No puedes gustar a todo el mundo”, admitió.
Pero reclamó un mínimo de respeto.
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Una línea básica de educación que, en muchos casos, se pierde en el anonimato de las redes y en la distancia que genera la televisión.
El momento adquirió aún más relevancia por el contexto en el que se produce. La rivalidad entre “La Revuelta” y “El Hormiguero” no es solo una cuestión de audiencias. Es un reflejo de dos formas distintas de entender el entretenimiento televisivo, con estilos, tonos y públicos diferenciados, que han protagonizado más de un cruce indirecto en los últimos años .
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La presencia de Lola Lolita en el programa de Broncano, tras su paso por el espacio de Motos, no es un simple cambio de plató.
Es también un gesto simbólico.
Una especie de regreso.
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“Uno siempre vuelve donde fue feliz”, dejó caer.
Una frase breve.
Pero cargada de intención.
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Más allá del dardo implícito, la intervención de la influencer pone sobre la mesa una cuestión más amplia: el lugar que ocupan los creadores digitales en la televisión tradicional. Su incorporación a programas como “El Hormiguero” responde a una estrategia clara de renovación, de conexión con nuevas generaciones. Pero esa integración no siempre es sencilla.
Porque implica exponerse a una audiencia distinta.
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A códigos distintos.
Y a un nivel de escrutinio mucho más elevado.
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El caso de Lola Lolita refleja esa tensión. El paso de las redes a la televisión no es solo un cambio de formato. Es un cambio de entorno. Y no todos los creadores están preparados —o protegidos— para afrontarlo.
Su testimonio, lejos de ser anecdótico, conecta con una realidad cada vez más presente: la presión psicológica asociada a la visibilidad pública. En un momento donde la exposición es constante y la opinión circula sin filtros, la línea entre crítica y acoso se vuelve difusa.
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Y las consecuencias son reales.
La entrevista concluyó con un tono más ligero, recuperando el espíritu del programa. Pero lo que quedó no fue la promoción del festival.
Fue la confesión.
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La sensación de vulnerabilidad.
Y la evidencia de que detrás del éxito en redes hay también historias de desgaste que rara vez se cuentan.
Porque en un mundo donde todo se mide en likes, visualizaciones y seguidores, hay algo que no siempre se ve.
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El coste emocional.
Y cuando ese coste se hace público, como ocurrió en esta entrevista, el relato cambia.
De espectáculo.
A realidad..