Juan del Val, sobre los críticos que llaman ‘literatura menor’ a sus novelas: “Le retaría a escribir sobre lo que yo escribo, le pongo un folio delante y vemos quién hace más subordinadas”.
El ganador del último Premio Planeta por Vera, una historia de amor, tira de su conocido carácter ‘polémico’ para dar réplica a las protestas por su estilo y su profundidad literaria.

La literatura, como la política o el arte, rara vez es un territorio neutral. Cada premio, cada reconocimiento, cada nombre que asciende a la cima del reconocimiento público arrastra consigo algo más que aplausos. Arrastra debate. Arrastra resistencia. Y, en ocasiones, una reacción que dice más sobre el sistema que sobre la obra premiada.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con Juan del Val tras alzarse con el Premio Planeta 2026.
No fue una elección silenciosa. No fue una victoria que se diluyera entre titulares efímeros. Fue un impacto. Un nombre conocido, no solo por su trayectoria literaria, sino también por su presencia mediática, irrumpiendo en uno de los galardones más influyentes de la literatura en español. Y con ello, una pregunta que comenzó a repetirse en círculos literarios, mediáticos y sociales: ¿qué define realmente el valor de una obra?
Desde el primer momento, la victoria de Del Val generó una atención inusual. No solo por la novela premiada, Vera, una historia de amor que se presenta sin complejos como una obra accesible, emocional y directa, sino por lo que representa su autor. Un perfil híbrido. Guionista. Productor. Figura televisiva. Y ahora, consagrado con uno de los premios más prestigiosos del panorama editorial.
Esa combinación, lejos de suavizar el recibimiento, lo intensificó.
Porque junto a las felicitaciones —muchas, y sinceras— llegaron también las críticas. Y no críticas técnicas o matizadas. Críticas estructurales. Cuestionamientos que no se dirigían únicamente a la obra, sino al lugar que ocupa dentro de la jerarquía cultural.
El término que más se repitió fue claro: “literatura menor”.
Una etiqueta que, más que describir, clasifica. Que establece una frontera invisible entre lo que se considera “alto” y lo que se percibe como “popular”. Y que, en muchos casos, funciona más como una declaración de principios que como un análisis literario.
Juan del Val no esquivó ese debate.
No lo ignoró.
No lo suavizó.
Lo enfrentó.
Y lo hizo con un tono que ya forma parte de su identidad pública: directo, provocador, incómodo para algunos, refrescante para otros. En una entrevista concedida a El Periódico Mediterráneo, el autor no negó la existencia de críticas. Al contrario. Las reconoció. Las aceptó. Pero estableció un límite claro.
No todo vale.
Especialmente cuando la crítica se construye desde una superioridad implícita.
Su respuesta no fue defensiva. Fue desafiante. Invitó, literalmente, a sus detractores a hacer lo que él hace. A sentarse frente a una hoja en blanco. A escribir. A construir una historia que funcione.
Y en ese punto, introdujo uno de los ejes más interesantes del debate: la complejidad formal frente a la eficacia narrativa.
“Podría escribir un capítulo lleno de subordinadas”, afirmó. Y no lo dijo como una carencia. Lo dijo como una elección. Porque, según su planteamiento, la complejidad no garantiza calidad. Y, en muchos casos, puede convertirse en una barrera.
Más subordinadas no significan mejor literatura.
Significan, en sus propias palabras, algo más incómodo: más aburrimiento.
Esta afirmación, aparentemente simple, abre una grieta profunda en el debate literario contemporáneo. ¿Qué valoramos realmente en una novela? ¿La dificultad técnica? ¿La experimentación formal? ¿O la capacidad de conectar con el lector?
Del Val no duda.
Para él, el objetivo es claro: entretener.
Y aquí aparece otro concepto que ha sido históricamente subestimado en ciertos círculos: el entretenimiento como valor literario.
Lejos de rechazar esa etiqueta, la reivindica.
La abraza.
Y la redefine.
Porque, según su visión, lograr que un lector lea una novela, la termine y diga “me he entretenido” no es un fracaso. Es un logro. Un objetivo cumplido. Una conexión real entre autor y lector.
Y, a partir de ahí, todo lo demás —la emoción, la reflexión, la risa— es un valor añadido.
Esta postura no es inocente.
Es, en sí misma, una provocación.
Porque desafía una jerarquía cultural que durante décadas ha establecido una separación clara entre lo que se considera arte “serio” y lo que se percibe como consumo masivo. Una separación que, en muchos casos, ha servido para excluir determinadas voces, estilos y públicos.
Pero Del Val no se posiciona como víctima de ese sistema.
Se posiciona como alguien que lo entiende… y decide jugar en sus propios términos.
Su enfoque sobre la escritura refuerza esta idea. No habla de autocrítica en el sentido tradicional. Habla de autoexigencia. Una diferencia sutil, pero significativa. No se trata de cuestionar constantemente el valor de lo que hace, sino de elevar el estándar interno con el que trabaja.
“Puedo sufrir por un párrafo”, confiesa.
Y en esa frase hay algo que desmonta ciertos prejuicios. Porque contradice la idea de que la accesibilidad implica facilidad. Que una narrativa fluida es el resultado de un proceso simple. Que escribir para conectar con el lector es menos exigente que escribir para impresionar a la crítica.
La realidad, como sugiere, es más compleja.
Escribir sencillo es difícil.
Escribir claro exige precisión.
Y lograr que una historia funcione sin apoyarse en artificios requiere un control narrativo que no siempre se reconoce.
Pero más allá de la técnica, hay un elemento que Del Val considera imprescindible: la provocación.
No como escándalo.
No como ruido.
Sino como estímulo.
Como una herramienta para hacer pensar.
En su visión, un escritor —como cualquier artista— no puede limitarse a reproducir lo esperado. Necesita incomodar. Cuestionar. Generar una reacción.
Y en ese sentido, su propia figura cumple esa función.
Porque no encaja completamente en ninguna categoría.
No es un autor tradicional en el sentido clásico.
No es un outsider literario.
Es algo intermedio.
Y ese espacio intermedio es, precisamente, donde se generan los debates más intensos.
La reacción a su premio no habla solo de él.
Habla de un sistema literario en transformación.
De una tensión entre lo académico y lo popular.
Entre lo que se valida desde arriba y lo que se construye desde la conexión con el público.
Y en ese contexto, la figura de Juan del Val se convierte en un punto de fricción.
Un espejo.
Una pregunta abierta.
¿Qué es la buena literatura?
¿Quién decide?
¿Y con qué criterios?
No hay una respuesta única.
Pero lo que sí parece claro es que el debate ya no puede ignorarse.
Porque cada vez que un autor rompe el molde, cada vez que una obra cuestiona las jerarquías establecidas, el sistema se ve obligado a reaccionar.
Y esa reacción —sea de rechazo o de aceptación— es, en sí misma, una señal de cambio.
El Premio Planeta 2026 no solo ha reconocido una novela.
Ha activado una conversación.
Y en esa conversación, más allá de las etiquetas, lo que está en juego no es solo el valor de una obra.
Es la definición misma de lo que entendemos por literatura.