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El caso Ondius se convierte en un terremoto político donde el Gobierno logra dar la vuelta a la crisis y la derecha acaba atrapada en su propio discurso del miedo.HH

“RATAS NADADORAS”, PÁNICO Y DERROTA MEDIÁTICA: ALSINA E INTXAURRONDO DESTROZAN EL RELATO DEL PP MIENTRAS CLAVIJO QUEDA ACORRALADO

Lo que comenzó como una emergencia sanitaria internacional a bordo del buque Ondius terminó transformándose en una de las batallas políticas y mediáticas más explosivas de los últimos meses en España.

Pero, contra todo pronóstico, el desenlace no dejó una imagen de caos gubernamental ni de improvisación institucional.

Muy al contrario: conforme avanzaban las horas, el relato catastrofista impulsado desde sectores del Partido Popular y desde el Gobierno de Canarias empezó a derrumbarse pieza a pieza, hasta quedar reducido a una polémica surrealista sobre “ratas nadadoras”, contagios imposibles y acusaciones de alarmismo político.

Y en medio de esa tormenta, dos voces mediáticas adquirieron un protagonismo inesperado: Carlos Alsina y Xabier Fortes Intxaurrondo.

Desde espacios muy distintos, ambos acabaron señalando lo que muchos ciudadanos comenzaron a percibir conforme se conocían más datos: que parte de la oposición había convertido una crisis sanitaria delicada en una operación política acelerada contra el Gobierno de Pedro Sánchez… sin esperar siquiera a comprobar si el operativo funcionaba.

El resultado final fue demoledor para quienes apostaron por el discurso del miedo.

Porque el operativo salió adelante.

Porque los organismos internacionales felicitaron a España.

Porque la Organización Mundial de la Salud respaldó el procedimiento.

Y porque, mientras el desembarco avanzaba sin incidentes graves, las imágenes de dirigentes hablando de roedores infectados “nadando” hacia Canarias comenzaron a volverse virales… pero por motivos muy distintos a los que esperaban.

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El origen de la crisis: un barco, un virus y el fantasma de otra pandemia

Todo empezó cuando el Ondius, un crucero científico procedente de una ruta compleja por aguas africanas, quedó en el centro de una alarma internacional tras detectarse casos relacionados con hantavirus, una enfermedad poco frecuente pero potencialmente grave.

A bordo viajaban pasajeros de múltiples nacionalidades, incluidos españoles y ciudadanos europeos.

Cabo Verde no tenía capacidad para gestionar el operativo y la OMS solicitó colaboración internacional urgente. España aceptó coordinar el desembarco y el tratamiento sanitario en Canarias.

La decisión era extremadamente delicada.

La memoria colectiva de la pandemia del coronavirus seguía muy presente.

Cualquier error podía provocar miedo masivo.

Cualquier fallo de comunicación podía convertirse en una bomba política.

Y ahí apareció el primer choque institucional.

Canarias pasa del malestar al enfrentamiento

Las primeras horas estuvieron marcadas por la tensión entre el Gobierno central y el Ejecutivo canario presidido por Fernando Clavijo. Desde Canarias se denunció falta de información y se cuestionaron algunos aspectos del operativo.

Hasta ahí, muchos entendían el nerviosismo.

Lo que vino después fue otra cosa.

Poco a poco, las declaraciones empezaron a subir de tono. Se habló de riesgos incontrolables. Se pidió retrasar operaciones.

Se cuestionaron protocolos internacionales. Y finalmente apareció la frase que acabaría convirtiéndose en símbolo del escándalo:

La posibilidad de que roedores infectados llegaran nadando hasta tierra.

La escena parecía salida de una sátira política.

Pero ocurrió en plena crisis sanitaria real.

Y eso provocó una reacción inmediata tanto en medios como en redes sociales.

La “teoría de las ratas nadadoras” explota en televisión

Uno de los momentos más comentados llegó cuando se reveló que parte de la discusión política giraba en torno a búsquedas rápidas realizadas para comprobar si las ratas podían nadar.

Aquello desató incredulidad.

Periodistas, médicos y analistas comenzaron a desmontar públicamente el argumento, recordando que el hantavirus asociado al caso no se transmitía mediante “ratas comunes” invadiendo puertos a nado.

La imagen del debate político español cayó de golpe en el absurdo.

Y fue precisamente ahí donde voces como la de Carlos Alsina empezaron a marcar distancia con el discurso impulsado por sectores conservadores.

Alsina desmonta el alarmismo

Desde la radio, Alsina dejó una de las reflexiones más repetidas de la semana: la oposición tenía derecho a exigir información, transparencia y responsabilidades… pero no a fabricar alarma social sin base científica.

Su análisis fue especialmente duro con la estrategia del Partido Popular y Coalición Canaria.

Porque mientras los científicos insistían en la baja probabilidad de contagio masivo y la OMS coordinaba el operativo, algunos dirigentes hablaban como si España estuviera al borde de una nueva pandemia.

Alsina planteó una pregunta incómoda:

¿Dónde estaban las alternativas reales?

Porque más allá de las críticas, nadie ofrecía un plan distinto viable.

Ni Marruecos aceptó el barco.

Ni Cabo Verde podía gestionar la emergencia.

Ni existía otro puerto cercano preparado para asumir el operativo.

Al final, la solución que se criticaba era exactamente la única solución posible.

Intxaurrondo endurece el golpe mediático

Mientras tanto, en televisión, Xabier Fortes Intxaurrondo fue todavía más lejos.

El periodista criticó abiertamente la utilización política del miedo colectivo y señaló que algunos sectores parecían querer reactivar el trauma del COVID para desgastar al Gobierno.

La acusación era gravísima.

Y resonó con fuerza porque muchos espectadores empezaban a percibir lo mismo.

Las referencias constantes a pandemias, caos, ocultación y amenazas incontrolables parecían diseñadas para provocar ansiedad social más que para informar.

Intxaurrondo recordó además que el propio operativo estaba siendo reconocido internacionalmente.

La Comisión Europea respaldaba la actuación española.

La OMS colaboraba directamente.

El Papa había elogiado la respuesta humanitaria.

Y aun así, parte de la oposición seguía hablando de desastre inminente.

El silencio progresivo del PP

A medida que el desembarco avanzaba sin colapsos sanitarios ni incidentes graves, el tono del Partido Popular empezó a cambiar.

Primero desaparecieron las declaraciones más alarmistas.

Luego llegaron mensajes más ambiguos.

Y finalmente, dirigentes populares comenzaron a evitar el tema públicamente.

Fuentes cercanas a Génova admitieron que no querían “alimentar el alarmismo”.

El problema era evidente.

El relato inicial había ido demasiado lejos.

Y ahora corrían el riesgo de quedar atrapados en él.

Especialmente después de que numerosos medios internacionales empezaran a elogiar la coordinación española.

Clavijo intenta resistir

Fernando Clavijo, sin embargo, mantuvo gran parte de sus críticas. Defendió que Canarias solo buscaba proteger a su población y aseguró que expertos locales habían recomendado medidas adicionales.

El presidente canario insistió en que el Gobierno central había desplazado competencias autonómicas y defendió la necesidad de más controles.

Pero conforme pasaban los días, la percepción pública comenzaba a complicarse para él.

Porque una cosa era reclamar coordinación.

Y otra muy distinta aparecer asociado al debate sobre “ratas nadadoras”.

La oposición intentó matizar el asunto asegurando que la conversación había sido sacada de contexto.

Sin embargo, el daño mediático ya estaba hecho.

El fantasma del Ébola regresa

Curiosamente, toda esta crisis terminó resucitando otro episodio traumático de la política española: la gestión del Ébola durante el Gobierno de Mariano Rajoy.

Muchos comentaristas recordaron las ruedas de prensa caóticas de Ana Mato, la confusión institucional y el escándalo mediático por el sacrificio del perro Excalibur.

La comparación resultó devastadora para el PP.

Porque mientras la derecha intentaba presentar la gestión actual como un desastre, numerosos periodistas y analistas respondían que precisamente esta vez se estaba evitando repetir los errores del pasado.

Hubo comparecencias constantes.

Información diaria.

Coordinación internacional.

Y una estrategia sanitaria reconocida fuera de España.

El Gobierno convierte la crisis en una victoria política

En cuestión de días, lo que amenazaba con convertirse en una crisis monumental acabó funcionando como una inesperada victoria comunicativa para el Ejecutivo de Pedro Sánchez.

No porque la situación fuera sencilla.

Ni porque desaparecieran las dudas.

Sino porque el operativo terminó mostrando capacidad de respuesta institucional en un escenario extremadamente complejo.

El Gobierno logró proyectar tres ideas clave:

  • España podía gestionar emergencias internacionales.
  • El sistema sanitario seguía funcionando bajo presión.
  • Las instituciones europeas confiaban en la capacidad española.

Frente a eso, el discurso del miedo empezó a parecer exagerado.

Redes sociales: memes, ironía y hundimiento del relato

Internet hizo el resto.

Las redes sociales se llenaron de memes sobre “ratas olímpicas”, “roedores migratorios” y “el ejército anfibio del hantavirus”.

Cada nueva explicación política generaba más ironías.

Cada intento de justificar el alarmismo terminaba amplificando el ridículo.

La conversación pública dejó de girar en torno al virus y empezó a centrarse en la sobreactuación política.

Y eso terminó cambiando completamente el clima mediático.

La gran pregunta: ¿aprendió España algo del COVID?

En el fondo, toda la polémica escondía una cuestión mucho más profunda.

España sigue traumatizada por la pandemia.

Eso explica tanto el miedo ciudadano como la extrema sensibilidad política ante cualquier amenaza sanitaria.

Pero también dejó otra enseñanza importante:

la gestión de las crisis ya no se libra solo en hospitales o despachos institucionales.

Se libra en televisión.

En redes sociales.

En titulares.

Y en la velocidad con la que se construyen relatos emocionales.

Durante unas horas, pareció que el caso Ondius podía convertirse en un nuevo símbolo del caos.

Sin embargo, el resultado final fue otro muy distinto.

La imagen que quedó no fue la de un país colapsado.

Fue la de una oposición atrapada en una narrativa excesiva que terminó volviéndose en su contra.

Un episodio que deja heridas políticas

Aunque el operativo concluya con éxito, las consecuencias políticas seguirán durante semanas.

El PP insistirá en reclamar explicaciones.

Canarias revisará protocolos.

El Gobierno defenderá su gestión como ejemplo internacional.

Pero algo ya parece irreversible:

el episodio de las “ratas nadadoras” ha quedado grabado como uno de los momentos más surrealistas de la política reciente española.

Y probablemente perseguirá durante mucho tiempo a quienes apostaron por convertir una emergencia sanitaria en una batalla partidista acelerada.

Porque al final, mientras unos hablaban del apocalipsis, el barco fue desembarcado, los protocolos funcionaron y España evitó la crisis que muchos daban por inevitable.

Y eso cambió completamente el relato.