La batalla judicial alrededor de Begoña Gómez acaba de entrar en una de sus fases más explosivas y controvertidas.
Lo que durante meses fue presentado por sectores de la derecha política y mediática española como un caso devastador contra el entorno del presidente del Gobierno, empieza ahora a girar hacia un escenario completamente distinto: acusaciones de irregularidades procesales, denuncias de vulneración de derechos fundamentales y una ofensiva jurídica sin precedentes contra el trabajo del juez instructor.
El epicentro del terremoto vuelve a situarse sobre el magistrado Juan Carlos Peinado.

La defensa de Begoña Gómez ha presentado un durísimo escrito en el que no solo solicita la absolución total de la esposa de Pedro Sánchez, sino que además acusa directamente a las acusaciones populares de actuar con “mala fe procesal” para destruir su reputación pública y generar un clima de sospecha política artificial.
Pero lo verdaderamente demoledor del documento no es únicamente el rechazo de las acusaciones.
Es el retrato que hace del procedimiento judicial.
Porque el abogado de Gómez sostiene que la investigación está acumulando irregularidades extremadamente preocupantes y que el caso se habría transformado en una “investigación prospectiva”, una práctica prohibida tanto por el Tribunal Supremo como por el Tribunal Constitucional.
Y esa afirmación ha hecho estallar todas las alarmas.
La defensa insiste en que la colaboración profesional de Begoña Gómez con la Universidad Complutense de Madrid comenzó mucho antes de que Pedro Sánchez llegara al poder. Según el escrito, su actividad académica arrancó en 2012, años antes de que Sánchez alcanzara la Secretaría General del PSOE o la presidencia del Gobierno.
Ese detalle es clave.
Porque una de las líneas principales de las acusaciones gira precisamente alrededor de la sospecha de que Gómez habría utilizado la posición institucional de su marido para obtener ventajas profesionales o influencias indebidas.
Sin embargo, la defensa sostiene que esa narrativa se derrumba cronológicamente.
Además, el documento recuerda que los modelos de colaboración público-privada en determinadas cátedras universitarias no implican remuneración económica y tampoco exigen necesariamente una titulación universitaria específica para participar en labores de coordinación o codirección.
La estrategia jurídica parece clara: desmontar pieza por pieza el relato de corrupción política que durante meses se ha intentado instalar alrededor de la figura de Begoña Gómez.
Pero el escrito va mucho más allá.
Uno de los puntos más sensibles tiene que ver con Cristina Álvarez, asesora vinculada al entorno de la Moncloa y cuya actividad había sido utilizada por las acusaciones para sostener posibles irregularidades administrativas. La defensa argumenta que este tipo de puestos han existido de manera habitual desde el inicio de la democracia española y que sus funciones implican disponibilidad permanente.
Incluso se menciona que el envío puntual de correos electrónicos relacionados con la cátedra universitaria desde cuentas particulares no habría interferido en absoluto con funciones públicas ni constituiría delito alguno.
El problema para el juez Peinado es que mientras la instrucción avanza, también crece la sensación de que el procedimiento se encuentra atrapado en una batalla política gigantesca.
Porque la oposición conservadora lleva meses utilizando el caso como una de las principales armas contra Pedro Sánchez.
Y eso convierte cualquier movimiento judicial en un terremoto mediático nacional.
Actualmente, el magistrado ha propuesto que Begoña Gómez sea juzgada mediante jurado popular por presuntos delitos de malversación, tráfico de influencias, corrupción en los negocios y apropiación indebida. Las acusaciones populares llegan a pedir hasta 24 años de prisión.
Una cifra absolutamente demoledora.
Sin embargo, la defensa considera que el procedimiento carece de base sólida y recuerda un dato muy importante: la propia Audiencia Provincial de Madrid ya frenó anteriormente la intención del juez de orientar el caso hacia un juicio con jurado popular.
Y lo hizo con argumentos especialmente delicados para la instrucción.

Los magistrados señalaron entonces que no existían “indicios racionales de criminalidad” suficientes para justificar aquella decisión.
Ese precedente judicial es ahora utilizado por la defensa como una especie de misil procesal contra Peinado.
Porque si la Audiencia Provincial ya cuestionó la existencia de indicios sólidos, la continuación de determinadas líneas de investigación empieza a generar dudas cada vez más serias.
El abogado de Gómez fue especialmente duro al denunciar lo que considera una vulneración flagrante del derecho de defensa.
Uno de los momentos más polémicos ocurrió cuando, según explicó, a su representada se le notificó una enorme cantidad de documentación —más de 200 folios— justo en el instante de comenzar una declaración judicial.
La defensa considera que una actuación así es incompatible con las garantías básicas del proceso penal y cita directamente el artículo 24 de la Constitución española, que protege el derecho a una defensa efectiva.
Las declaraciones del abogado fueron todavía más contundentes cuando describió la actuación judicial como una especie de “Inquisición general”.
La frase ha provocado un impacto político enorme.
Según la defensa, el procedimiento no estaría investigando hechos concretos, sino revisando de forma indiscriminada todos los actos realizados por una persona desde que su marido ocupa la presidencia del Gobierno.
Y ahí aparece el concepto más explosivo de todo el caso: la “investigación prospectiva”.
En el derecho español, este tipo de investigaciones son extremadamente controvertidas porque implican buscar posibles delitos sin partir necesariamente de indicios concretos previamente definidos.
Tanto el Tribunal Supremo como el Constitucional han advertido reiteradamente sobre los límites de estas prácticas.
Por eso la acusación lanzada contra la instrucción resulta tan delicada.
La defensa prácticamente viene a decir que el procedimiento habría abandonado el terreno de la investigación penal ordinaria para entrar en una dinámica de sospecha generalizada contra la esposa del presidente.
Y eso cambia completamente la percepción pública del caso.
Mientras tanto, el entorno conservador insiste en que la investigación debe seguir adelante y acusa al Gobierno de intentar desacreditar a los jueces cuando las investigaciones afectan al círculo de poder socialista.
El clima político se ha vuelto completamente irrespirable.
Cada auto judicial, cada recurso, cada filtración y cada declaración pública generan un incendio mediático inmediato.
El caso Begoña Gómez ya no es solo un procedimiento penal.
Es una guerra política total.
Y en medio de esa guerra, el juez Peinado empieza a recibir una presión creciente desde múltiples frentes.
Porque cuanto más avanzan las críticas sobre las supuestas irregularidades procesales, más aumenta el riesgo de que parte de la opinión pública interprete la causa como una operación política más que como una investigación estrictamente jurídica.
Ese escenario sería devastador para la credibilidad del procedimiento.
Especialmente porque la defensa insiste en una idea central: si los contratos inicialmente investigados terminaron bajo competencia de la Fiscalía Europea y el resto de hechos ya fueron cuestionados por la Audiencia Provincial, entonces el objeto mismo del procedimiento quedaría enormemente debilitado.
Es decir, según esta tesis, la investigación estaría prolongándose artificialmente pese a no existir una base suficientemente sólida.
Esa acusación es gravísima.
Porque implica sugerir que se estaría alargando una causa judicial de enorme impacto político sin fundamentos claros.
Y eso conecta directamente con uno de los grandes debates actuales en España: la judicialización extrema de la política.
Durante los últimos años, tanto la izquierda como la derecha han acusado al adversario de utilizar los tribunales como arma política. Pero pocos casos han alcanzado un nivel de confrontación tan explosivo como el que rodea a Begoña Gómez.
El Gobierno interpreta la investigación como parte de una ofensiva político-mediática para desgastar a Pedro Sánchez.
La oposición sostiene exactamente lo contrario: que el Ejecutivo intenta victimizarse y desacreditar cualquier investigación incómoda.
Entre ambas narrativas, la sociedad española observa cada movimiento con creciente polarización.
Mientras tanto, la figura de Begoña Gómez permanece en el centro del huracán.
Su defensa asegura que está tranquila porque cree firmemente en su inocencia.
Pero el daño político y mediático ya es gigantesco.
Cada comparecencia judicial, cada titular y cada nueva revelación alimentan un clima de tensión permanente alrededor del Palacio de la Moncloa.
Y ahora, tras este nuevo escrito demoledor contra el juez Peinado, el caso entra en una dimensión todavía más peligrosa.
Porque la batalla ya no gira únicamente alrededor de si hubo o no delitos.
Ahora también se discute si el propio procedimiento judicial se ha desarrollado respetando plenamente las garantías constitucionales.
Y esa es una discusión mucho más profunda, más delicada y mucho más explosiva para el sistema político español.
La guerra judicial contra el entorno de Pedro Sánchez acaba de entrar en una fase completamente impredecible.